Archivo | enero, 2019

1932, ha nacido el esmalte

23 Ene

La empresa Revlon lanzó entonces la laca de uñas tal y como hoy la conocemos

Sí las fotos de la época le hacen justicia, a Charles Haskell Revson le favorecían extraordinariamente sus características entradas, dos brazos de mar que hacían más despejada todavía su ancha frente. Este hombre de cara limpia y llamativas cejas, de cabellos cortos en la nuca y mechones pegados a las sienes, estaba destinado a representar uno de los momentos más significativos de la Gran depresión.

charles-revsonLos padres, Samuel Revson y Jeanette Weiss, él lituano y ella judía, eran humildes emigrantes afincados en Somerville, (Massachusetts) que no dudaron en proporcionar a sus tres hijos la mejor educación posible. Cuando el joven Charles terminó la escuela secundaria se trasladó a Boston para cursar estudios universitarios, pero esta ciudad cambiaría su destino, pues sus pasos se alejaron de la universidad, encaminándose a una empresa de sastrería en dónde desempeñaría su primer trabajo, y, adquiriría, con toda probabilidad, su legendaria elegancia. Después de idas y venidas a Chicago y Nueva York, Charles Revson recalaría con 26 años y recién divorciado, en la pequeña empresa Elka, fabricante de esmalte de uñas y ubicada en New Jersey.

Allí trabajaría en el departamento comercial antes de fundar su propia empresa.

Y después, se haría mundialmente famoso.

Es marzo, es por la mañana, es el momento en el que todo sucede. Su amigo Charles Lachman se acaba de marchar dejando sobre la mesa los contratos firmados, también se pueden leer en los documentos que dan vida a Revlon Nail Enamel Corporation, las rubricas de su hermano Joseph y de él mismo: Charles Revson. Años después se uniría a la empresa Martín Revson, pero en ese momento el futuro aún es incierto. Lachman ha colado en el nombre de la marca, la “L” de su apellido y además de proporcionar los conocimientos químicos, ha asegurado la producción, ya que la familia de su esposa es propietaria de la Dresden Chemical Company, que se encargará de la fabricación del esmalte de uñas con una formulación absolutamente novedosa, pues, contrariamente a las lacas transparentes al uso, por primera vez ofrece distintas variedades de tonos opacos que cubren totalmente la uña.

Charles no deja de mirar la puerta por la que acaba de salir Lachman. Son raros los momentos en que está solo, pero los disfruta. Toma un par de ejemplares del muestrario de frascos, en su mano caben otros dos botes de esmalte. Le sorprende la cantidad de tonalidades distintas que puede el ofrecer el color rojo. Cierra los ojos y la oscuridad se tiñe de brillante púrpura. En ese despacho la única muestra de la crisis económica que azota los Estados Unidos es el escaso y lúgubre mobiliario. Han puesto todos sus ahorros en la idea, él también aporta noches sin dormir y un desbordante entusiasmo. Lleva meses investigando cómo en las antiguas culturas, los chinos y los egipcios de buena posición hacían ver su alto estatus maquillándose las uñas, ha estudiado a las otras compañías que una década atrás comenzaron a vender los primeros esmaltes sintéticos, cuya fórmula es muy parecida a la pintura para coches, como Northam Warren y su marca Cutex, Blue Bird, Peggy Sage, Glazo, La Cross o Chen Yu.

Charles da unos pasos triunfales hacia la puerta porque sabe algo que desconocen los demás. Ha ideado la forma de llegar a las mujeres: su producto se presentará en hermosos y pequeños tarros de cristal herméticos; el esmalte Revlon se venderá sólo en los salones más exclusivos; las estrellas de Hollywood lucirán sus espectaculares uñas esmaltadas en las películas; las revistas femeninas publicitarán los esmaltes y posteriormente caerán rendidas al resto de la gama cosmética de Revlon, y, lo más importante, Revlon creará y exportará al resto del mundo un nuevo concepto de belleza. Antes de alcanzar la puerta se fija en el pomo, hay que girarlo para que éste se abra, él está dispuesto a mover lo que haga falta para tener éxito en este negocio. Solo hay que dejar los escrúpulos en el despacho y salir a triunfar.

Charles Haskell Revson hizo ambas cosas.

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El esmalte de uñas no fue solo el primer cosmético de gran éxito de la historia si no que, en el curso de otra histórica crisis económica, la iniciada en 2008, se reafirmó como el producto más vendido en el sector de la cosmética, según un informe realizado por la agencia de análisis de mercado Kantar Worldpane.

En 2019, es muy difícil encontrar a una mujer con las uñas al desnudo, incluso en invierno uñas de manos y pies se llevan maquilladas. La evolución del producto ha pasado invariablemente por la pérdida de tóxicos y la mejora paulatina de las fórmulas hasta dar con acabados duraderos. El color es el otro gran protagonista de los avances del sector. Al legendario Charles Revson se le atribuye también, esa moda, ¡duró décadas!, de combinar el color de las uñas con el de los labios. Cuenta la leyenda que mientras comía en un restaurante de Nueva York, Charles vio a una mujer limpiarse la boca con una servilleta y que se horrorizó al ver lo mal que casaban dos colores distintos.

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Desde que mucho tiempo después las uñas se despegaron de los labios, hemos pasado por los tonos flúor, la languidez de la manicura francesa, el atrevimiento del berenjena, el negro o el omnipresente rojo hasta llegar a la tonalidad “granate casi negra” que presentó Chanel en 1994, cuyas ventas llegaron a alcanzar el millón de dólares. Y así hemos llegado al tiempo de los pluses, al tratamiento añadido para enriquecer el esmaltado, y hacer de su aplicación un ritual sensorial, como este que ofrecen en los centros Twentynails, llamado Manicura húmeda con guantes de colágeno, que viene a hacer realidad una de las frases lapidarias del fundador de Revlon: “En la fábrica, hacemos cosméticos. En la tienda, vendemos esperanza.”

¡Yo compro!

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http://www.revlon.es/behind-the-color/legacy

https://cosmeticsandskin.com/companies/revlon.php

http://en.theoutlook.com.ua/article/9514/history-of-brand-revlon-revolution-of-colour-in-the-world-of-beauty.html

 

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